Doble excepcionalidad

La expresión doble excepcionalidad se usa para describir perfiles en los que conviven altas capacidades con una dificultad, discapacidad, trastorno del neurodesarrollo u otra necesidad que afecta al aprendizaje, la comunicación, la atención, la regulación o el funcionamiento cotidiano. No es un diagnóstico clínico único. Es una forma de nombrar una combinación compleja: una persona puede mostrar fortalezas muy destacadas y, al mismo tiempo, necesitar apoyos específicos en áreas concretas (Pfeiffer, 2015; Lovecky, 2004; Giudice, 2024).

Esta idea resulta importante porque rompe una suposición todavía frecuente: pensar que la alta capacidad debería proteger de las dificultades. Las fuentes revisadas coinciden en un punto básico: una dificultad de aprendizaje, atención o comunicación no descarta la alta capacidad, y una alta capacidad no elimina por sí sola una dificultad real (Distin, 2006; Valadez Sierra et al., 2012; Sternberg et al., 2011).

El capítulo no pretende ayudar a diagnosticar TDAH, autismo, dislexia ni altas capacidades. Su objetivo es explicar por qué estos perfiles pueden pasar desapercibidos, qué cautelas conviene mantener y por qué la respuesta educativa no debería centrarse solo en “lo que falla” ni solo en “lo que destaca”.

Cuando una parte del perfil oculta la otra

La doble excepcionalidad suele hacerse difícil de identificar porque las fortalezas y las dificultades pueden enmascararse entre sí. Algunas fuentes describen tres situaciones habituales: que la alta capacidad compense una dificultad, que la dificultad oculte el potencial, o que ambas dimensiones queden poco visibles y la persona parezca simplemente “normal”, irregular o poco motivada (Pfeiffer, 2015; Phillipson et al., 2013; Distin, 2006).

Un alumno con razonamiento verbal alto puede utilizar su comprensión general para compensar problemas de lectura durante un tiempo. Otro puede tener ideas complejas, pero producir trabajos escritos pobres por dificultades de escritura, planificación o velocidad. Una niña con gran capacidad para aprender puede sostener buenos resultados en Primaria a costa de mucho esfuerzo, y empezar a mostrar más dificultades cuando aumentan las exigencias de organización. Estos ejemplos no prueban nada por sí solos, pero ayudan a entender por qué el rendimiento visible puede ser engañoso.

Varias fuentes advierten contra dos lecturas simplistas. La primera sería pensar: “si tiene altas capacidades, no necesita apoyo”. La segunda sería concluir: “si tiene dificultades, entonces no puede tener alta capacidad”. Ambas dejan fuera una parte del perfil (Lovecky, 2004; Sternberg et al., 2011; Valadez Sierra et al., 2012).

Si solo se mira…Riesgo principalLectura más prudente
El rendimiento altoInvisibilizar dificultades de atención, lectura, escritura, comunicación o regulación.Preguntar cuánto esfuerzo cuesta sostener ese rendimiento y en qué contextos aparecen barreras.
La dificultadPasar por alto razonamiento, creatividad, intereses profundos o aprendizaje rápido.Explorar también fortalezas, dominios de talento y oportunidades de reto.
Una puntuación globalOcultar perfiles muy desiguales entre áreas.Interpretar el conjunto de datos con profesionales cualificados.
La conducta externaConfundir causas distintas: aburrimiento, ansiedad, TDAH, autismo, dislexia u otros factores.Observar contexto, duración, interferencia y trayectoria.

Perfiles irregulares, no contradicciones

En doble excepcionalidad, las diferencias internas pueden ser amplias. Lovecky describe niños con razonamiento elevado y dificultades en atención, escritura, organización, habilidades sociales o regulación emocional. También señala que estos perfiles pueden mostrar una asincronía mayor: pensar con mucha complejidad en un área y, al mismo tiempo, necesitar ayuda en tareas cotidianas que desde fuera parecen sencillas (Lovecky, 2004).

Sternberg, Jarvin y Grigorenko tratan la combinación de alta capacidad y dificultades de aprendizaje desde una perspectiva contextual: qué se considera fortaleza, debilidad o discapacidad depende también de las demandas del entorno educativo y de las habilidades que ese entorno valore (Sternberg et al., 2011). Esta idea no niega las dificultades, pero recuerda que el problema no reside solo en la persona. Una escuela muy dependiente de tareas escritas rápidas puede hacer más visible una dificultad de escritura; una evaluación con alta carga verbal puede no captar bien ciertos perfiles; un aula con poca flexibilidad puede amplificar problemas de atención o comunicación.

La respuesta más ajustada suele requerir dos movimientos a la vez: desarrollar las fortalezas y apoyar las áreas vulnerables. Las fuentes consultadas insisten en que la intervención no debería limitarse a corregir déficits, porque eso puede empobrecer el desarrollo del talento. Pero tampoco bastaría con ofrecer enriquecimiento o avance si se ignoran dificultades que afectan al día a día (Lovecky, 2004; Distin, 2006; Pfeiffer, 2015).

TDAH y altas capacidades: parecido externo no es equivalencia

El TDAH aparece en varias fuentes como uno de los perfiles que puede coexistir con altas capacidades, pero también como una fuente frecuente de confusión. Algunas conductas pueden parecer similares desde fuera: moverse mucho, hablar en exceso, interrumpir, distraerse en tareas repetitivas, abandonar proyectos o resistirse a normas que no se comprenden. Sin embargo, las fuentes no sostienen que alta capacidad y TDAH sean lo mismo (Pfeiffer, 2015; Bourse & Ricart, 2014; Giudice, 2024).

Una parte de la literatura advierte que el aburrimiento, la falta de reto o un currículo poco ajustado pueden producir conductas que se parecen a la inatención. Otros autores subrayan el riesgo contrario: que el TDAH quede sin detectar porque la alta capacidad permite compensar durante años algunas demandas escolares (Lovecky, 2004; Pfeiffer, 2015; Ambrose & Sternberg, 2016).

El estudio de Gomez y colaboradores comparó menores con TDAH con y sin alta capacidad, y menores sin TDAH. En esa muestra, los grupos con TDAH se diferenciaban claramente de los grupos sin TDAH; además, el grupo con alta capacidad y TDAH no mostraba exactamente el mismo patrón que el grupo con TDAH sin alta capacidad. Los autores interpretan que el TDAH puede ser un diagnóstico válido en menores con alta capacidad, aunque recomiendan cautela y más investigación antes de establecer criterios diferenciados para este grupo (Gomez et al., 2019).

En términos divulgativos, la cautela sería esta: ni la inquietud ni la distracción bastan para hablar de TDAH; tampoco conviene descartarlo solo porque haya buen razonamiento, creatividad o rendimiento alto en algunas áreas. La valoración debe atender a la persistencia de las dificultades, su presencia en distintos contextos, la interferencia funcional y la historia evolutiva, siempre por profesionales competentes (Lovecky, 2004; Pfeiffer, 2015; Williams, 2024).

Autismo y altas capacidades: distinguir sin separar de forma rígida

El autismo también aparece en las fuentes como una posible forma de doble excepcionalidad, aunque con matices importantes. Algunas obras antiguas usan la categoría “síndrome de Asperger”, propia de clasificaciones diagnósticas anteriores. Al utilizar esas fuentes, conviene recordar que parte del vocabulario procede de su época y no debe trasladarse sin contexto (Lovecky, 2004; Distin, 2006; Costis, 2016).

Las fuentes revisadas señalan posibles áreas de dificultad en comunicación social, reciprocidad, flexibilidad, interpretación de claves sociales, sensibilidad sensorial o funcionamiento adaptativo. Al mismo tiempo, describen posibles fortalezas: memoria, conocimientos especializados, honestidad, intereses profundos o aprendizaje avanzado en dominios concretos. No son rasgos universales ni suficientes para identificar autismo, pero ayudan a entender por qué algunos perfiles pueden resultar muy desiguales (Lovecky, 2004; Costis, 2016).

Doobay y colaboradores compararon jóvenes con alta capacidad y autismo con jóvenes de alta capacidad sin diagnóstico psicológico. En su muestra no encontraron diferencias significativas en CI total, pero sí observaron diferencias medias en velocidad de procesamiento, habilidades adaptativas y funcionamiento psicosocial informado por adultos. Las mayores diferencias adaptativas aparecieron en socialización. Los propios autores subrayan la variabilidad individual y la necesidad de más estudios sobre intervención (Doobay et al., 2014).

Freeman aporta una cautela complementaria: algunas personas con altas capacidades pueden tener dificultades sociales sin que eso equivalga necesariamente a autismo. A la vez, no debería negarse la posibilidad de que una persona tenga ambas condiciones. La cuestión no es decidir por intuición si “parece autista” o “parece superdotado”, sino valorar con rigor la comunicación, la flexibilidad, el funcionamiento adaptativo, la historia del desarrollo y las necesidades reales (Freeman, 2010; Costis, 2016).

Dislexia y otras dificultades de aprendizaje

La dislexia se menciona en varias fuentes como una dificultad específica que puede coexistir con altas capacidades. El punto más repetido es que el razonamiento avanzado no elimina necesariamente las dificultades en lectura, escritura u ortografía. Del mismo modo, una dificultad lectoescritora no permite concluir baja capacidad intelectual (Valadez Sierra et al., 2012; Distin, 2006; Freeman, 2010).

Este perfil puede pasar especialmente desapercibido si la escuela se apoya mucho en el rendimiento escrito. Un estudiante puede tener ideas complejas, buena comprensión oral o pensamiento matemático avanzado, pero obtener resultados pobres cuando la tarea exige leer con rapidez, escribir con precisión o organizar por escrito lo que sabe. Lovecky recoge ejemplos de alumnado con altas capacidades, TDAH y dislexia, y señala que apoyos como el dictado, el ordenador u otras formas de expresar el pensamiento pueden ayudar a mostrar mejor lo que la persona comprende (Lovecky, 2004).

Algunas fuentes describen posibles fortalezas visuales, espaciales o creativas en ciertos alumnos con dislexia, pero este punto debe tratarse con prudencia. No toda persona con dislexia tendrá esas fortalezas, ni toda fortaleza visual indica dislexia. La idea útil es más modesta: conviene mirar el perfil completo, no solo las faltas, la lentitud lectora o la presentación escrita (Bourse & Ricart, 2014; Farrall et al., 2007).

Evaluar y acompañar sin reducir a etiquetas

La doble excepcionalidad exige una evaluación especialmente cuidadosa. Las fuentes insisten en usar varias fuentes de información: pruebas adecuadas, historia escolar, observación, informes de familia y profesorado, producciones, funcionamiento cotidiano y contexto. También advierten de que una puntuación global puede ocultar diferencias internas importantes, y de que algunas pruebas pueden verse afectadas por dificultades de atención, lenguaje, lectura, velocidad de procesamiento o comunicación (Pfeiffer, 2015; Sternberg et al., 2011; Valadez Sierra et al., 2012).

En la práctica educativa, la pregunta no debería ser solo “qué etiqueta tiene”, sino qué necesita para aprender y participar mejor. Algunas medidas pueden dirigirse a la dificultad: apoyo en funciones ejecutivas, anticipación, estructura, enseñanza explícita de estrategias, ajustes en lectura o escritura, apoyos visuales, tiempos adecuados o formas alternativas de demostrar conocimiento. Otras deben cuidar el desarrollo de la fortaleza: enriquecimiento, profundidad, proyectos complejos, aceleración cuando proceda, mentoría o acceso a contenidos más avanzados. Las fuentes no prometen que una combinación concreta funcione en todos los casos; recomiendan ajustar la respuesta al perfil individual (Lovecky, 2004; Distin, 2006; Pfeiffer, 2015).

También es importante cuidar el lenguaje. Un niño no es “solo TDAH”, “solo autista”, “solo disléxico” o “solo de altas capacidades”. Las etiquetas pueden abrir puertas a apoyos y comprensión, pero también pueden estrechar la mirada si se convierten en la explicación completa de la persona. La doble excepcionalidad invita precisamente a sostener una mirada doble: reconocer capacidades reales sin negar dificultades reales.

Quizá el criterio más prudente sea este: cuando hay grandes discrepancias entre lo que una persona parece comprender, lo que logra expresar, cómo aprende y cómo funciona en distintos contextos, merece la pena mirar con más detalle. No para multiplicar etiquetas, sino para evitar que una parte del perfil borre a la otra.

Fuentes utilizadas

  • Ambrose, D., & Sternberg, R. J. (Eds.). (2016). Giftedness and talent in the 21st century: Adapting to the turbulence of globalization. Sense Publishers.
  • Bourse, P., & Ricart, D. (2014). Hijos brillantes, alumnos sobresalientes: Manual para padres y maestros sobre alumnos de alto potencial intelectual y creativo. Bonum.
  • Costis, P. A. (2016). Seeing the paradigm: Education professionals’ advocacy for the gifted student with autism spectrum disorder [Doctoral dissertation, The College of William and Mary in Virginia]. ProQuest LLC.
  • Distin, K. (Ed.). (2006). Gifted children: A guide for parents and professionals. Jessica Kingsley Publishers.
  • Doobay, A. F., Foley-Nicpon, M., Ali, S. R., & Assouline, S. G. (2014). Cognitive, adaptive, and psychosocial differences between high ability youth with and without autism spectrum disorder. Journal of Autism and Developmental Disorders, 44, 2026-2040. https://doi.org/10.1007/s10803-014-2082-1
  • Farrall, J., Matison, A., Minchin, M., & Stewart, W. (2007). Raising your gifted and talented child: The joys and the challenges. Gifted and Talented Children’s Association of South Australia.
  • Freeman, J. (2010). Gifted lives: What happens when gifted children grow up? Routledge.
  • Giudice, A. (2024). Brief introduction of giftedness in adults. Preprint. https://doi.org/10.13140/RG.2.2.16087.48804
  • Gomez, R., Stavropoulos, V., Vance, A., & Griffiths, M. D. (2019). Gifted children with ADHD: How are they different from non-gifted children with ADHD? International Journal of Mental Health and Addiction. https://doi.org/10.1007/s11469-019-00125-x
  • Lovecky, D. V. (2004). Different minds: Gifted children with ADHD, Asperger Syndrome, and other learning deficits. Jessica Kingsley Publishers.
  • Pfeiffer, S. I. (2015). Essentials of gifted assessment. John Wiley & Sons.
  • Phillipson, S. N., Stoeger, H., & Ziegler, A. (Eds.). (2013). Exceptionality in East Asia: Explorations in the actiotope model of giftedness. Routledge.
  • Sternberg, R. J., Jarvin, L., & Grigorenko, E. L. (2011). Explorations in giftedness. Cambridge University Press.
  • Valadez Sierra, M. D., Betancourt Morejón, J., & Zavala Berbena, M. A. (Eds.). (2012). Alumnos superdotados y talentosos: Identificación, evaluación e intervención. Una perspectiva para docentes (2.ª ed.). Editorial El Manual Moderno.
  • Williams, J. (2024). Raising their voices: Lived experiences of gifted women with ADHD [Doctoral dissertation, University of Denver]. ProQuest Dissertations & Theses.

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