Asesoramiento a individuos con altas capacidades: lo que los terapeutas necesitan saber

Trabajar con individuos con altas capacidades en terapia requiere comprender que sus habilidades excepcionales no los protegen de dificultades emocionales o conductuales. En muchos casos, estos desafíos están directamente conectados con la forma en que experimentan el mundo. Desde una perspectiva de terapia conductual, el objetivo no es solo aliviar el malestar emocional, sino observar cómo se manifiesta en acciones, identificar los desencadenantes y las consecuencias que mantienen esos comportamientos, y enseñar nuevos patrones más adaptativos que promuevan el bienestar.

Los estudiantes con altas capacidades pueden luchar con ansiedad, aislamiento social, perfeccionismo excesivo, evitación de tareas complejas o incluso comportamientos disruptivos. Estos patrones no siempre son evidentes, ya que su alto rendimiento académico o verbal puede enmascarar los problemas. En ocasiones, sus comportamientos se malinterpretan como arrogancia, desafío o inmadurez, cuando en realidad son respuestas aprendidas a un entorno que puede no estimularlos o comprenderlos.

En la terapia conductual, comenzamos con una evaluación funcional del comportamiento: ¿qué hace el niño o adolescente, cuándo lo hace, en qué contexto y qué gana o evita al hacerlo? A partir de ahí, las intervenciones pueden incluir exposición gradual a situaciones que provocan ansiedad, instrucción directa en habilidades sociales mediante modelado y refuerzo, o rutinas que fomenten la autorregulación emocional. Por ejemplo, el perfeccionismo puede abordarse utilizando refuerzo diferencial, recompensando el esfuerzo y la toma de decisiones oportuna en lugar de resultados impecables. Para el aislamiento social, podríamos programar objetivos sociales pequeños y progresivos, combinados con análisis y apoyo para reducir el miedo al rechazo.

Estos jóvenes a menudo se sienten incomprendidos tanto en la escuela como en el hogar. Por eso, involucrar a las familias en el tratamiento es crucial. En lugar de centrarnos únicamente en lo que está “mal,” podemos ayudar a los padres a reconocer y reforzar las fortalezas, evitar recompensar involuntariamente la evitación o el miedo al fracaso, y ajustar sus expectativas. Un entorno familiar donde se acepten los errores y se valore el esfuerzo es particularmente importante para estos perfiles.

Un ejemplo comentado por Steven I. Pfeiffer es el de un adolescente con altas capacidades con síntomas de tipo limítrofe: autolesiones, consumo de sustancias y sensación de desesperanza. El tratamiento siguió un enfoque conductual utilizando la Terapia Dialéctica Conductual (TDC), un modelo basado en habilidades fundamentado en la terapia cognitivo-conductual. Las sesiones incluyeron tareas, juegos de roles y ejercicios para identificar y manejar emociones intensas. El éxito de este proceso no se debió solo a las técnicas utilizadas, sino a la fortaleza de la relación terapéutica—una alianza construida sobre la autenticidad, la comprensión y la presencia atenta del terapeuta.

Más allá del trabajo clínico, la prevención es esencial. No todos los individuos con altas capacidades están en crisis, pero muchos pueden beneficiarse de programas de aprendizaje socioemocional, mindfulness, resolución de conflictos o biblioterapia. Las películas y los libros también pueden servir como herramientas valiosas para discutir emociones, identidad y estrategias de afrontamiento. Pfeiffer enfatiza que los terapeutas deben ser proactivos, no solo reactivos.

En la práctica conductual, el seguimiento del progreso no es opcional, es integral. Los terapeutas pueden utilizar registros de comportamiento, escalas de calificación de padres y maestros, y herramientas de autoinforme para evaluar el cambio. Esto ayuda a determinar qué está funcionando, qué necesita ajustarse y cuándo es el momento de concluir la terapia.

Ayudar a una persona con altas capacidades a través de la terapia conductual significa abandonar la idea de que “si son tan inteligentes, deberían poder manejarlo por sí mismos.” Como todos los demás, su comportamiento está moldeado por el refuerzo, la historia de aprendizaje y el contexto. Cuando les ofrecemos herramientas claras, apoyo constante y un entorno que valida su complejidad sin sobreprotegerlos, su crecimiento emocional y psicológico puede volverse tan notable como su intelecto.


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